Cicatrices en la memoria

A la décima inyección ya no sentía nada. Tenía fractura de clavícula, un par de costillas rotas, el brazo enyesado y algunos tornillos uniendo lo que me quedaba de tobillo. Sin embargo, me incomodaba más aquel semi silencio en el hospital…

A lo lejos escuchaba a un anciano quejarse, a una señora que taconeaba de manera grosera en busca de un doctor, a un vecino de habitación que no dejaba de echarse pedos. Es lo malo de no tener varo, que hasta para morirte lo tienes que hacer en compañía de algunos desconocidos. Yo no iba a morir, desde luego, pero me sentía al borde del precipicio. Allí se estaba igual de solo que en la penumbra de tu cuarto. El primer día me visitaron mis hermanos y mi madre. La segunda noche los dolores me hicieron compañía. Alguno de mis compañeros de trabajo pregunto por mi estado de salud. Llegaron un par de amigos, pero se asustaron de encontrarme tan jodido y tuvieron la decencia de no comentarme nada. La novia que tuve hasta una semana antes del accidente quiso entrar a verme, pero ya había dejado instrucciones para que le prohibieran el acceso. Me hubiera gustado perdonarla, pero alguien que dice ser la mujer de tu vida no acepta un trabajo en la frontera. Tal vez Miriam necesitaba huir de mí, de mis obsesiones, de mis escasas ambiciones. Sería que yo estaba endiosado con mis sueños de poeta. Total que no la dejé entrar y tuvo que largarse sin despedirse. Ella regresó un año después, convencida de que me amaba. Yo ya me había repuesto de sus ausencias, de la hemorragia interna, y mis huesos habían soldado aunque me quedé con un par de dedos igual de torcidos que las patas de un cuervo. Sí, la amé con locura y me fascinaba en la cama, pero no estaba dispuesto a que cualquier otro día se largara. Soy tan miserable que hasta me regocijé con su fracaso. En su ausencia, un primo de Miriam se encargó de contarme que el wey que la mandó llamar de la sucursal en Tijuana no se había fijado en su talento, sino que la conoció en una convención y confiaba en enamorarla. Cuándo Miriam se dio cuenta de que sólo la buscaban por sus nalgas, prefirió perder el empleo y se regresó con todo y mudanza. Tuvo que pasar un año para entender cuánto me amaba. Demasiado pronto para volver y muy poco tiempo para arrepentirse. Hace mucho que no pensaba en ella, pero hoy me asaltó la voz de los Pettinellis, que cantan:

"Enfermera no la deje entrar
no haga más cruenta esta enfermedad.

Con este cáncer ya no puedo más
de a poco me hundiré en la soledad".

Ahorita lo único que lamento es no haber escuchado esa canción cuando estuve convaleciente, porque hubiera mandado poner un altavoz en la entrada de aquel hospital. Igual y varios pacientes estarían de acuerdo conmigo. Igual y otros me odiarían por recordarles lo miserable que era su existencia.

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